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¿PORQUÉ TRUMP DESCONFIA DE MARIA CORINA?

Trump ha demostrado estar dispuesto a negociar incluso con gobiernos autoritarios si eso favorece sus intereses económicos o geopolíticos

La relación —real o hipotética— entre María Corina Machado y Donald Trump revela más tensiones ideológicas y estratégicas de lo que a simple vista podría parecer. Aunque ambos se han presentado como opositores férreos al chavismo, esa coincidencia superficial no elimina una profunda desconfianza política, especialmente desde la lógica trumpista del poder, el pragmatismo y la conveniencia electoral.

María Corina, se opone a una negociación y promueve la pureza democrática y cree en una ruptura total con el régimen, Trump, no

Trump no podrá desconocer la fuerza política y electoral que tiene María Corina en Venezuela, y que, en algún momento la necesitará

Donald Trump no ha demostrado interés en líderes extranjeros que no le aporten un beneficio político inmediato y tangible. En ese sentido, María Corina Machado representa un perfil incómodo: una dirigente con fuerte discurso ideológico, abiertamente liberal en lo económico y confrontacional en lo moral, pero sin control institucional ni garantía de éxito a corto plazo. Para Trump, que privilegia resultados visibles y negociaciones directas, Machado encarna más una apuesta incierta que un activo confiable.

Uno de los principales motivos de desconfianza radica en el enfoque moralista y maximalista de Machado. Su discurso se apoya en la pureza democrática, la ruptura total con el régimen venezolano y la negativa a cualquier forma de negociación. Esta postura, aunque coherente desde una ética política, choca con la visión instrumental de Trump, quien ha demostrado estar dispuesto a negociar incluso con gobiernos autoritarios si eso favorece sus intereses económicos o geopolíticos. Desde esa perspectiva, Machado no es flexible, y para Trump, la inflexibilidad es un defecto, no una virtud.

Además, existe una diferencia clave en la forma de entender el liderazgo. Trump se concibe a sí mismo como un hacedor de acuerdos, un líder personalista que centraliza decisiones y exige lealtades claras. Machado, en cambio, apela a principios abstractos —institucionalidad, república, Estado de derecho— que no se traducen fácilmente en transacciones políticas. Para un dirigente como Trump, acostumbrado a medir la política en términos de ganadores y perdedores inmediatos, ese tipo de liderazgo resulta poco confiable y difícil de capitalizar.

También influye la limitada utilidad electoral de Machado para Trump. Venezuela es un tema simbólicamente importante para ciertos sectores del electorado estadounidense, pero no decisivo. Trump puede utilizar el discurso anti-chavista sin necesidad de respaldar de manera firme a una figura específica como Machado. De hecho, asociarse demasiado con ella podría implicar costos: si fracasa, Trump queda ligado a ese fracaso; si radicaliza el conflicto, dificulta eventuales negociaciones energéticas o migratorias que a él sí le interesan.

Finalmente, la desconfianza puede leerse como una colisión entre dos narrativas de “antielitismo” muy distintas. Machado representa una élite política ilustrada, con formación académica y discurso liberal clásico. Trump, por el contrario, construye su poder desde el rechazo a ese tipo de élites. Aunque ambos critiquen al socialismo, no hablan desde el mismo lugar ni para el mismo público.

En conclusión, más que aliados naturales, María Corina Machado y Donald Trump encarnan dos formas incompatibles de hacer política. La desconfianza de Trump no surge de la ideología de Machado, sino de su falta de utilidad estratégica, su rigidez discursiva y su incapacidad para ofrecer resultados inmediatos. En la lógica trumpista, la política no es una lucha moral sino un negocio de poder; y desde esa lógica, Machado aparece menos como una socia confiable y más como una variable riesgosa.

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